También en los Pirineos Atlánticos la tradición vitivinícola es ancestral.
En la provincia vasca de Baja Navarra son los monjes quienes, en el siglo XII, plantaron las primeras cepas en torno a la abadía de Roncesvalles, en los prioratos de Irouléguy –que da su nombre a la actual denominación de origen– y de Anhaux.
El viñedo puede visitarse, por ejemplo, gracias a un recorrido por el Camino de Santiago, pasando por pueblos de carácter como Saint-Jean-Pied-de-Port, Bidarray o bien Ostabat.
En el Béarn vecino, Navarrenx, Oloron-Sainte-Marie o Salies-de-Béarn merecen también una ojeada, sin olvidar los talleres de artesanos, las rutas gastronómicas, los campos de golf,... En fin, las diversiones no le faltarán.
En Béarn, se produce justamente el béarn, el béarn-belloq y el jurançon, el vino con el que fue bautizado Enrique de Navarra, futuro Enrique IV, por su abuelo, que le impregnó con él los labios.
El viñedo cultivado en terraza e incluso a veces en circos naturales merece por sí sólo una visita, que le ofrecerá además magníficas vistas panorámicas sobre el Pico del Midi d’Ossau.
Igualmente admirables, pero en otro estilo: las filas de botellas de la bodega cooperativa del Jurançon, en Gan. El alumbrado mural deja ver todos los matices del vino blanco generoso, desde el amarillo pálido, casi verde, al amarillo dorado.
Subiendo un poco hacia el nordeste está el madiran y el pacherenc de vic bilh. ¿Sabía usted que la vendimia tardía de éste tienen lugar hasta el 31 de diciembre? El blanco, seco o dulce, procedente de los racimos largamente madurados, es único.
La misma tipicidad tiene el madiran, pero en este caso, tinto. La denominación de origen, amenazada de desaparición en los años 50 (sólo quedaban 50 hectáreas) ha recuperado vigor, sobre todo gracias al dinamismo de la bodega cooperativa de Crouseilles. La finura de los taninos y la intensidad de los aromas han hecho el resto.